Heraclio, el último artista de la escuela quiteña

 “Los tiempos han cambiado. Las sociedades evolucionan, se mueven, se transforman. El arte no es el mismo que el de los inicios de siglo, de hecho Quito fue una ciudad que deslumbró con arte desde sus principios como cabildo. La escuela quiteña fue una corriente muy popular  durante la conquista española  y sus vestigios los podemos encontrar por el centro de Quito. Artistas que mantengan esta cultura ya casi no quedan. O eso se pensaba hasta que conocimos a Heraclio.

Heraclio Guevara es un hombre bajito, de piel morena, pelo tieso y mirada soñadora. Nació en un pequeño pueblo llamado San José de Minas, a dos horas de Quito. Desde chico el arte formó parte de su vida, le encantaba dibujar, esa  era su mayor pasión. Se crió como cualquier niño de campo, con la particularidad que siempre estaba imaginando y creando. Heraclio utilizaba cajitas de fósforos para construir casas, carritos o juguetes. Era tan bueno en el dibujo que sus maestros le ponían cero en las tareas porque parecían hechas por alguien mayor. Su capacidad desbordaba las adoquinadas y frías calles de Minas.

Viajó a Quito para cumplir su sueño, estudiar arte. Allí conoció a su único y más importante vicio: pintar. Heraclio, cuyo nombre proviene de un emperador bizantino, era un “bicho raro” en la capital pues vestía pantalón polyester, zapatos venus y camiseta. Llamaba la atención de los quiteños gracias a su estrafalario atuendo. Fue con la lectura que conoció a la Escuela Quiteña, la imaginería (realización de esculturas de temas religiosos) y el pan de oro. De a poco gestó un nombre dentro de la facultad de arte llegando incluso a ser apodado como “el nuevo Guayasamín”.

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Ser un artista es un trabajo complicado, que como cualquier otro requiere mucho esfuerzo, y a veces este no es bien remunerado. Pero su destino era crear un taller de imaginería y plasmar su arte en las esculturas de santos y ángeles. “Empecé a crear un arte propio. Mis obras tienen la técnica y lo artístico de la Escuela Quiteña, yo trato de fusionarlo con nuevos métodos modernos”.

Hace algunos años el artista caminaba, junto a un amigo, preocupado por la mala situación económica que atravesaba. Le debían dinero y las deudas empezaban a apretarlo. Cabizbajo y pensativo, casi no sintió cuando un hombre le jalaba del saco. Era un mendigo, bastante harapiento y descuidado, quien le estiró el brazo mientras decía: “Toma esto”. Era un billete de 10 sucres, bastante dinero para la época. Heraclio estaba sorprendido, su corazón daba tumbos, no podía creer que un hombre de la calle le estuviese regalando dinero. Pese a la negativa de aceptar el billete, el mendigo se mantuvo firme y lo obligó a recibir el presente. Heraclio cuenta esta anécdota con risa y vergüenza al mismo tiempo. “Aún no puedo creer que un mendigo me diera dinero, pero coincidencia o no, desde aquel momento nunca más he tenido que sufrir por plata”.

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‘La Última Cena,’ el famoso cuadro hecho por Da Vinci, está colgado en la pared de la sala de Guevara, pero tiene una particularidad: fue pintado por él mismo. En el cuadro no aparecen Jesús ni sus apóstoles, solo se puede observar a un hombre parado junto al portal de una iglesia, en un ambiente lúgubre y oscuro. El protagonista de la obra se encuentra orando junto a una mesa blanca que sostiene pan y  vino, las únicas expresiones religiosas del cuadro. “El significado de mi pintura es la comunión que tenemos con nosotros mismos. Es cuando tenemos la oportunidad de mentir y no mentimos, de explotar al semejante y no explotamos”, explica el artista.   005

Este cuadro es muy valorado por quienes lo han visto, grandes sumas de dinero han sido ofrecidas para obtenerlo, pero no está a la venta. Para Heraclio el valor que tiene su pintura no tiene precio, y como cuenta su hijo, Esteban: “le han ofrecido millonadas pero no lo vende”. ‘La última cena’ de Heraclio Guevara se trata de poder estar bien, “encontrarnos con nuestra naturaleza de virtudes desatándose de instante a instante”.

Heraclio soñó una vez que se encontraba en un salón muy grande, lleno de cristos colgados en las paredes. Por donde veía solo encontraba Cristos, estaba rodeado por ellos. De repente, vio uno destruido y le dio tristeza, mucha tristeza. Se acercó y comenzó a colocarle los brazos para luego pintarlo hasta que el cristo quedara en perfecto estado. “Lo tuve en mis brazos, lo sentía muy mío”. Al despertar, Heraclio Guevara ya no era el mismo de antes. En él empezó a brotarle una pasión por la imaginería tan fuerte, que nunca más la abandonó. ¿Hasta cuándo seguirá con este oficio? “Hasta que ya no queden más Cristos por pintar”, sentencia el artista.

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